Sentada en la
cornisa esperas la primera lluvia de invierno. El mal tiempo se acerca como una
sombra gris que lo devora todo. Te acomodas al borde del abismo impaciente por
el espectáculo que se avecina. La orquesta comienza a afinar sus instrumentos.
Suenan las primeras ráfagas de viento. El público que te observa guarda silencio. El
cielo se cubre completamente. Comienzan los acordes de lluvia. Las ráfagas se intensifican. Un estruendo
estremece a la audiencia, los truenos hacen su aparición. Tu momento se acerca,
lo intuyes. Te pones de pie, y extiendes tus alas. Esperas el instante
adecuado. Un gran trueno la antecede. La
gran ráfaga ha llegado. Te lanzas al vacío.
Un silencio mortuorio recorre al público cuando te ven desaparecer bajo
la cornisa. El suelo se acerca rápidamente, piensas que te lanzaste
demasiado antes, pero de pronto la gran
ráfaga te atrapa y te eleva por encima de todos los edificios. El público bate
sus alas de emoción al verte. Tratas de
mantener el equilibrio pero el viento es muy fuerte. Un remolino te toma
desprevenida y te hace dar volteretas en el aire, el golpe te suelta algunas
plumas. Caes nuevamente, con ayuda de tu cola frenas un poco el descenso y
logras extender tus alas. Te elevas y quedas como suspendida en el aire. Los
truenos continúan mientras surcas las gran ráfaga, pero no hay nada que temer,
ya la has dominado. Sientes el viento
bajo tus alas y la música de la tempestad de fondo, no hay sensación más increíble en el mundo. Das un par de
vueltas alrededor del edificio y luego mediante un gesto, invitas al
público a unirse. Temerosas no se
atreven a lanzarse, esperan un poco hasta comprobar que es seguro y se lanzan
todas a la vez. Comienzan a volar de forma sincronizada mientras el cielo las acompaña con su
orquesta.
Abajo un niño que
observaba el espectáculo les dice a sus padres con emoción: miren! las aves
están surfeando en el viento.
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