"EMILIO- ¿Conoce usté a alguien que sea enemigo de nosotros? Yo no. Toos los quieren cíen o doscientas veces más que a su madre y a su agüelita juntas; toos se han pasao la vía peliando por nosotros: escriben libros, hablan por la radio, por la tele; sacan leyes que los favorecen en esto, en lo otro y en lo de más allá. Palabra, nunca he sabio de alguien que ocupe un cargo que no sea pa servirlos a nosotros las veinticuatro horas del día; pucha, sí toos tan de acuerdo, si están en los mismo, ¿quien crestas es el enemigo? Diga po.
MIGUEL- No sé, yo no me meto en eso, lo único que sé es que si no trabajo no como.
EMILIO- Es que tendría que meterse, pos, compadre; porque esta cuestión significa dos cosas: o los tan güeviando en patota, o el enemigo que tenimos es Dios.
MARTA- Chis, no te pasis po.
EMILIO- Pero claro po; si no hay nadie en la tierra qu'este contra nosotros, tiene que ser El nomás el que no los deje estudiar, el que los echa de las pegas, el que los saca a bofetás de las casas y el que los hace las mil y una.
MARTA- No, yo creo que los tan güeviando en patota; porque El no: Dios es lo único que tenimos, es el único que los escucha.
EMILIO- No, si pa escuchar es como navaja, pa contestar es lo que cuesta.
..."
Hechos Consumados, Juan Radrigan, 1981.
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